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A veces los psicólogos mal entendemos nuestro rol de ayudar a otros seres humanos con nuestro quehacer profesional con el de pretender salvarlos.

Y es que no hay nadie que pueda salvar a nadie, pues solo depende de cada persona tomar el control sobre su propia vida, tomar decisiones y cambiar para mejorar.

Por este mismo motivo, nuestro rol como psicoterapeutas es el de acompañar a la persona para que adquiera herramientas que lo tornen un ser autónomo y libre, para que desarrolle todo el potencial que ya tiene latente en su interior.

Así mismo, hemos de favorecer que pueda desplegar su ser de la forma que él desea hacerlo, dejándolo brillar con su propia luz.

Y, si no ponemos consciencia y prestamos atención, con nuestro ego de “salvador/a”, creyendo que sabemos qué es lo que necesita nuestro paciente bajo nuestras propias gafas, podemos asfixiarlo, devorarlo, generando de esta forma una dependencia emocional.

La dependencia emocional como forma de vinculación tóxica

Sabemos que, las dependencias emocionales son dinámicas que se establecen entre dos personas que han construido una forma de vincularse tóxica, donde uno “está bien” y el otro “está mal”; y donde el que “está bien” guía y aconseja al que “está mal”. Este tipo de dinámica no deja crecer a ninguno de los dos individuos, y mucho menos al que es “ayudado”.

Los/las terapeutas devoradores no dejan crecer a su “acompañado/a” a no ser que sea bajo su consentimiento y con su ayuda cosa que después pasa factura al paciente ya que le estás devolviendo a la persona una noción de sí misma como de no autónoma y dependiente.

Por este mismo motivo, como profesionales que somos hemos de favorecer relaciones sanas con nuestros pacientes, devolviéndoles una imagen de sí mismos de seres empoderados, completos y capaces de tomar las riendas de sus propias vidas. De esta forma, generaremos en éstos las ganas de volver al dispositivo terapéutico, de seguir creciendo a nuestro lado, y por lo tanto generaremos en ellos una adhesión al tratamiento.